Pedro
miró a Paula mientras ésta, hacía volar en el aire a Sofia. Le gustaba mirarla
mientras estaba con la hija de ambos, le gustaba porque era el único momento en
el que la veía sonreír sinceramente.
Se
había convertido en una sombra silenciosa, y a él no le gustaba verla así.
Estaba tan acostumbrado a sus réplicas, a sus bordes contestaciones, a las
discusiones. Que le molestaba verla callada; no hablaba, si le dirigía la
palabra, contestaba eso y nada más, y si le pedías algo; lo hacía.
Sus
nervios comenzaban a crisparse, no quería una sirvienta, no quería una mujer
sumisa que no hable, ni diera su opinión. Quería a su Paula, aquella mujer
luchadora, borde, dulce… esa mezcla de bueno-malo que lo tenía loco.
La
extrañaba…
Quería
sentir sus labios húmedos y tiernos bajos los suyos, quería sentir su pasión.
El deseo.
Pero,
parecia que no quedaba nada de aquella Paula, que él tanto había… amado.
Desde
que Ángel había llegado, hacía ya una semana, Paula había medio desaparecido. Y
no le gustaba para nada aquello.
El
eterno silencio de Paula, lo hacía pensar, mucho. Demasiado. Y, siempre su
mente viajaba a todas aquellas dudas que había acallado, haciéndola culpable de
su dolor, de aquellos tres horrorosos años. ¿Habría escrito ella aquel libro de
corazón, y tan solo había cambiado el final como había dicho?
No…
no podía ser. No podía ser por el simple hecho, de que Ángel no le había dicho
que él estaba muerto. Porque él estaba vivo, ¡muy vivo!
Se
llevó la mano a la barbilla y se la frotó con aire ausente.
Si
era cierto, que su hermano había insistido mucho en que no buscara a Paula… que
se dejara de venganzas, y que siguiera con su vida… Pero eso, lo hacía por su
bien ¿no?
Eran
hermanos, y era una estupidez, que Ángel le quisiera hacer mal a él, porque el
hacerle mal a Paula, era dañarlo a él…
Volvió
a mirar hacía Paula, quien ahora estaba sentada en una silla con Sofia entre
sus brazos, dormida. El rostro de Paula volvía a sonreír, miraba tiernamente la
pequeña carita de su hija, tan dulce como ella.
Alarmado,
Pedro comenzó a moverse hacia ella, vio, como recobraba el color de nuevo, y
respiró. Pero continuó acercándose a ella. Ahora había cerrado los ojos, y
acariciaba el rostro de Sofia.
Quizás
debía continuar un rato más apartado.
Giró
sobre sus pies, y se metió en el interior de la casa.
Paula miró hacía su hija, y después suspiró satisfecha… todo iba bien, se sentía bien, rara, pero… bien.
Sofia
se había dormido entre sus brazos, y ella había aprovechado para descansar
después de ese agotador día. De pronto, los párpados comenzaron a pesarle
mucho, tanto, que no conseguía mantenerlos abiertos, se le cerraban los ojos, y
por más que intentara abrirlos no podía. No conseguía despegar los párpados.
Nerviosa,
combatió con la oscuridad que la cegaba, necesitaba abrir los ojos. El perfume
de Pedro perforó su cerebro. Lo olía, aunque no lo veía.
-Vamos
Sofi… -lo escuchó decir.
No…
Quiso gritar. ¿A dónde iba con su hija? ¡No! Gritó, pero en su mente.
Pedro,
Pedro, lo llamó, aunque él no la escuchaba, de pronto, el peso de sus brazos
desapareció. Vio a través de su mente, el rostro serio de su marido, sus ojos
oscuros, su cara oculta por las sombras; y tuvo miedo.
Sofia,
Sofia… Sofia… un temor indescriptible acudió a ella, el pecho se le inundó por
aquel miedo, y se movió inquieta. Pepe se había llevado a Sofia.
-Nos
vamos, cariño –lo oyó murmurar, con aquella voz que en ese momento temía.
Los
sollozos sacudieron su cuerpo, sentía frío, y a la vez mucho calor, se sentía
perdida, y nadie le tendía una mano para ayudarla.
Lo
oyó maldecir, pero no lo veía, se sentía muy cansada, demasiado para abrir los
ojos. Su mente reaccionó y supo que Sofia estaba bien, sin embargo no era capaz
de parar de llorar.
-Paula,
¿Qué te pasa, cielo, estás bien?
Sintió
como era movida, como la transportaban, él la estaba cargando y la llevaba a
algún lugar. Se sentía débil y flácida, ninguna parte de su cuerpo reaccionaba,
por más que su cerebro mandase órdenes.
-Que
lindo… -susurró débil e inconscientemente.
-Paula,
¿estás bien?
-Sofi…
-dijo, sintiendo de nuevo miedo- se fue –de pronto rompió a llorar otra vez.
Pedro
le tocó la cara, y arrugó el ceño.
-Maldita
sea, estás ardiendo –gruñó.
-Ángel
se la va a llevar –sollozó ella.
-Tranquila corazón, todo va a estar bien.
Pedro
suspiró mientras cerraba la puerta despidiendo al doctor, si alguna ventaja le
podía sacar, al tener dinero, era que siempre podía conseguir cosas rápido,
como un doctor. Aún sentía latir su corazón rápidamente, se había dado tremendo
susto con Paula tan… débil.
Frágil
entre sus brazos mientras la había transportado, su cuerpo pesado, como sin
vida. No había podido contener los latidos de su corazón, ni el miedo que había
sentido por ella.
Por
suerte, el doctor le había dicho que era… una simple gripe, con una semana en
cama, todo volvería a la normalidad. Mucho agua, cuidados… Suspiró y se llevó
la mano al pelo, el cual se masajeó inconscientemente.
Sofia
dormía en su cama, y tenía a Paula bajo sus sábanas semiconsciente. ¿Estaría
bien? Comenzó a caminar hacía las escaleras, y de pronto el timbre sonó. Miró
el reloj; las once de la noche. ¿Quién sería? Se debatió entre ignorar el
timbre, o no ignorarlo. Miró hacía arriba por las escaleras. Resoplando se
dirigió hacia la puerta.
-Hola
hermanito –lo saludó un Ángel un poco ebrio- lo siento –dijo atropellando las
palabras- mis llaves no sé donde están.
Se
agarró al marco de la puerta, y miró a Pedro.
-¿Se
puede saber de dónde venis? –preguntó Pepe, malhumorado. Su mujer enferma y
su hermano borracho, ¿desde cuándo había tomado ese hábito?
-¡Hey,
hey! –farfulló- no soy ningún nene para darte explicaciones –se quejó entrando
en la casa- oh, ¿Dónde está tu queridísima mujer? –Preguntó con sorna- no me
digas, ¡te abandono otra vez! Si ya te lo adver…
-Uhiii
–gritó Ángel intentando mantener el equilibrio- con más cuidado, Pepe. No tires
tan fuerte, me puedes romper la camisa…
¡Que
le den a la maldita camisa! Pedro prácticamente empujó a su hermano escaleras
arriba, lo metería en su habitación, así se evitaría escuchar ruidos, ni nada
por el estilo. No tenía ganas de juegos.
-Vamos
–gruñó, al ver que Ángel no colaboraba con la labor de subir escaleras.
-¿A
dónde? Es muy temprano, Pepe, quiero una copa.
-Ya
tomaste demasiado… es hora de dormir.
Su
hermano abrió la boca para hablar, pero hipó. Pepe aprovechó aquello para darle
un empujón, y hacerlo subir, era más fuerte que su hermano, y podía con él. Si
Ángel se lo proponía podía combatirlo, pero en sus condiciones…
Con
un suspiro abrió la puerta del dormitorio de Ángel, y lo obligó a entrar, lo
ayudó a desvestirse, y lo metió en la cama.
-Uuhii…
-se quejó el chico soñoliento- que mandón –rió- no sos dios… -dijo.
Ángel
rió.
-No
siempre es lo que vos queres ¿sabes? De vez en cuando una lección no viene mal…
-susurró.
Pedro
arrugó el entrecejo, y miró el rostro dormido de Ángel. Sin comprender mucho,
giró sobre sus pies, y se dirigió hacía su habitación, deteniéndose antes en la
habitación de Sofia.
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Mmm... Se acerca el final!
Espero que les guste el capitulo!
Gracias por los comentarios! :)
Hasta mañana! :)
Ayyyy que lindo cap!! Amo esta nove!!
ResponderBorrarComo q ya se podría empezar a descubrir la verdad no??? SOy re ansiosa jaja
ResponderBorrarMe encantaa tu nove!! Seguii subiiendoo!! Xfiis♥
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