miércoles, 22 de mayo de 2013

Capitulo 13


Pedro miró a Paula mientras ésta, hacía volar en el aire a Sofia. Le gustaba mirarla mientras estaba con la hija de ambos, le gustaba porque era el único momento en el que la veía sonreír sinceramente.

Se había convertido en una sombra silenciosa, y a él no le gustaba verla así. Estaba tan acostumbrado a sus réplicas, a sus bordes contestaciones, a las discusiones. Que le molestaba verla callada; no hablaba, si le dirigía la palabra, contestaba eso y nada más, y si le pedías algo; lo hacía.

Sus nervios comenzaban a crisparse, no quería una sirvienta, no quería una mujer sumisa que no hable, ni diera su opinión. Quería a su Paula, aquella mujer luchadora, borde, dulce… esa mezcla de bueno-malo que lo tenía loco.

La extrañaba…

A pesar de que compartían la misma cama, era como si no estuviesen juntos. Ella se iba antes que él, se acomodaba y cuando Pedro llegaba, ella estaba dormida, en un extremo del colchón. ¡Cuantas veces había deseado tocarla, y tomarla para acercarla a su cuerpo deseoso de ella!

Quería sentir sus labios húmedos y tiernos bajos los suyos, quería sentir su pasión. El deseo.

Pero, parecia que no quedaba nada de aquella Paula, que él tanto había… amado.

Desde que Ángel había llegado, hacía ya una semana, Paula había medio desaparecido. Y no le gustaba para nada aquello.

El eterno silencio de Paula, lo hacía pensar, mucho. Demasiado. Y, siempre su mente viajaba a todas aquellas dudas que había acallado, haciéndola culpable de su dolor, de aquellos tres horrorosos años. ¿Habría escrito ella aquel libro de corazón, y tan solo había cambiado el final como había dicho?

No… no podía ser. No podía ser por el simple hecho, de que Ángel no le había dicho que él estaba muerto. Porque él estaba vivo, ¡muy vivo!

Se llevó la mano a la barbilla y se la frotó con aire ausente.

Si era cierto, que su hermano había insistido mucho en que no buscara a Paula… que se dejara de venganzas, y que siguiera con su vida… Pero eso, lo hacía por su bien ¿no?

Eran hermanos, y era una estupidez, que Ángel le quisiera hacer mal a él, porque el hacerle mal a Paula, era dañarlo a él…

Volvió a mirar hacía Paula, quien ahora estaba sentada en una silla con Sofia entre sus brazos, dormida. El rostro de Paula volvía a sonreír, miraba tiernamente la pequeña carita de su hija, tan dulce como ella.

La vio suspirar, y perder la vista, mirando a la nada. Sus ojos pensativos se oscurecieron y su cara palideció. ¿Qué le pasaba?

Alarmado, Pedro comenzó a moverse hacia ella, vio, como recobraba el color de nuevo, y respiró. Pero continuó acercándose a ella. Ahora había cerrado los ojos, y acariciaba el rostro de Sofia.

Quizás debía continuar un rato más apartado.

Giró sobre sus pies, y se metió en el interior de la casa.

Paula miró hacía su hija, y después suspiró satisfecha… todo iba bien, se sentía bien, rara, pero… bien.

Sofia se había dormido entre sus brazos, y ella había aprovechado para descansar después de ese agotador día. De pronto, los párpados comenzaron a pesarle mucho, tanto, que no conseguía mantenerlos abiertos, se le cerraban los ojos, y por más que intentara abrirlos no podía. No conseguía despegar los párpados.

Nerviosa, combatió con la oscuridad que la cegaba, necesitaba abrir los ojos. El perfume de Pedro perforó su cerebro. Lo olía, aunque no lo veía.

-Vamos Sofi… -lo escuchó decir.

No… Quiso gritar. ¿A dónde iba con su hija? ¡No! Gritó, pero en su mente.

Pedro, Pedro, lo llamó, aunque él no la escuchaba, de pronto, el peso de sus brazos desapareció. Vio a través de su mente, el rostro serio de su marido, sus ojos oscuros, su cara oculta por las sombras; y tuvo miedo.

Sofia, Sofia… Sofia… un temor indescriptible acudió a ella, el pecho se le inundó por aquel miedo, y se movió inquieta. Pepe se había llevado a Sofia.

-Nos vamos, cariño –lo oyó murmurar, con aquella voz que en ese momento temía.

Sintió frío, y seguía sin poder abrir los ojos. Quería gritar, y no podía. Lloró. Sintió las lágrimas calientes, correr por sus mejillas, aquel amargo líquido recorrió su cara, y ella seguía sumida en la oscuridad. Pedro se había llevado a Sofia, y ella estaba sola. Y moriría sola. Ya no tendría nada, nunca más.

Los sollozos sacudieron su cuerpo, sentía frío, y a la vez mucho calor, se sentía perdida, y nadie le tendía una mano para ayudarla.

-Paula, amor –la voz de Pedro acudió de nuevo a sus oídos, y ella seguía sin poder abrir los ojos- ¡Demonios!

Lo oyó maldecir, pero no lo veía, se sentía muy cansada, demasiado para abrir los ojos. Su mente reaccionó y supo que Sofia estaba bien, sin embargo no era capaz de parar de llorar.

-Paula, ¿Qué te pasa, cielo, estás bien?

Sintió como era movida, como la transportaban, él la estaba cargando y la llevaba a algún lugar. Se sentía débil y flácida, ninguna parte de su cuerpo reaccionaba, por más que su cerebro mandase órdenes.

Cayó sobre la comodidad de un colchón, que estaba frío, tembló y se movió muy levemente, por fin, pudo abrir un poco los ojos, y divisó el borroso rostro de su marido.

-Que lindo… -susurró débil e inconscientemente.

-Paula, ¿estás bien?

-Sofi… -dijo, sintiendo de nuevo miedo- se fue –de pronto rompió a llorar otra vez. 

Pedro le tocó la cara, y  arrugó el ceño.

-Maldita sea, estás ardiendo –gruñó.

-Ángel se la va a llevar –sollozó ella.

-Tranquila corazón, todo va a estar bien.

Pedro suspiró mientras cerraba la puerta despidiendo al doctor, si alguna ventaja le podía sacar, al tener dinero, era que siempre podía conseguir cosas rápido, como un doctor. Aún sentía latir su corazón rápidamente, se había dado tremendo susto con Paula tan… débil.

Frágil entre sus brazos mientras la había transportado, su cuerpo pesado, como sin vida. No había podido contener los latidos de su corazón, ni el miedo que había sentido por ella.

Por suerte, el doctor le había dicho que era… una simple gripe, con una semana en cama, todo volvería a la normalidad. Mucho agua, cuidados… Suspiró y se llevó la mano al pelo, el cual se masajeó inconscientemente.

Sofia dormía en su cama, y tenía a Paula bajo sus sábanas semiconsciente. ¿Estaría bien? Comenzó a caminar hacía las escaleras, y de pronto el timbre sonó. Miró el reloj; las once de la noche. ¿Quién sería? Se debatió entre ignorar el timbre, o no ignorarlo. Miró hacía arriba por las escaleras. Resoplando se dirigió hacia la puerta.

-Hola hermanito –lo saludó un Ángel un poco ebrio- lo siento –dijo atropellando las palabras- mis llaves no sé donde están.

Se agarró al marco de la puerta, y miró a Pedro.

-¿Se puede saber de dónde venis? –preguntó Pepe, malhumorado. Su mujer enferma y su hermano borracho, ¿desde cuándo había tomado ese hábito?

-¡Hey, hey! –farfulló- no soy ningún nene para darte explicaciones –se quejó entrando en la casa- oh, ¿Dónde está tu queridísima mujer? –Preguntó con sorna- no me digas, ¡te abandono otra vez! Si ya te lo adver…

Pedro agarro a Ángel por la camisa, y tiró de él para cerrar la puerta, y así de paso, con el gesto, evitar romperle la cara a su hermano, que era lo que deseaba en ese momento. Lo perdonaría porque estaba tremendamente borracho. Solo por eso.

-Uhiii –gritó Ángel intentando mantener el equilibrio- con más cuidado, Pepe. No tires tan fuerte, me puedes romper la camisa…

¡Que le den a la maldita camisa! Pedro prácticamente empujó a su hermano escaleras arriba, lo metería en su habitación, así se evitaría escuchar ruidos, ni nada por el estilo. No tenía ganas de juegos.

-Vamos –gruñó, al ver que Ángel no colaboraba con la labor de subir escaleras.

-¿A dónde? Es muy temprano, Pepe, quiero una copa.

-Ya tomaste demasiado… es hora de dormir.

Su hermano abrió la boca para hablar, pero hipó. Pepe aprovechó aquello para darle un empujón, y hacerlo subir, era más fuerte que su hermano, y podía con él. Si Ángel se lo proponía podía combatirlo, pero en sus condiciones…

Con un suspiro abrió la puerta del dormitorio de Ángel, y lo obligó a entrar, lo ayudó a desvestirse, y lo metió en la cama.

-Uuhii… -se quejó el chico soñoliento- que mandón –rió- no sos dios… -dijo.

-Callate… -le ordenó.

Ángel rió.

-No siempre es lo que vos queres ¿sabes? De vez en cuando una lección no viene mal… -susurró.

Pedro arrugó el entrecejo, y miró el rostro dormido de Ángel. Sin comprender mucho, giró sobre sus pies, y se dirigió hacía su habitación, deteniéndose antes en la habitación de Sofia.



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Mmm... Se acerca el final!

Espero que les guste el capitulo!
Gracias por los comentarios! :)
Hasta mañana! :)

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