jueves, 16 de mayo de 2013

Capitulo 5


El silencio era tenso e incómodo, Paula estaba rígida en el asiento del copiloto, estaba tan recta que comenzaba a tener dolores de espalda por la tensión, temía girar el cuello y ver ese rostro angelical que en ese momento era de facciones duras y poderosas, ese rostro que siempre la había llevado de cabeza, tanto en el pasado, como lo estaba haciendo ahora en el presente… ese rostro del que quedó encandilada a primera vista, el rostro de Pedro…

Que yacía a su lado, conduciendo plácidamente  mientras ella recapacitaba sobre si un ser humano se podría partir por la rigidez.

-Probablemente no sea posible… -susurro, rechazando su idea de partirse, aunque en ese momento para ser sincera consigo misma deseaba desaparecer más que partirse…

-¿Decías algo? –la voz de Pedro la sacó de su ensoñación.

-¡No, nada! –se apresuró a contestar.

-Shh… -siseó él- Sofia se durmió

De repente, Paula se giró, olvidándose de todo excepto de su hermosa y maravillosa hija, estaba apoyada contra la ventada, los ojitos cerrados, sus mejillas estaban sonrojadas y respiraba profundamente. No se había dado cuenta de que se había dormido, el pensar en cómo dejar de pensar en Pedro y que no le afectara su presencia la tenía totalmente absorta.

Cuando se incorporó notó como Pedro la miraba, y luego volvía la cara hacía delante, ella se giró hacía él de mala gana y con el ceño fruncido.

-Y no sos nadie para darme órdenes –le espetó.

-¿Cómo decís?

-Me mandaste a callar, no sos nadie…

-Eso fue hace diez minutos… -la interrumpió él con indiferencia.

Ella apretó los puños con fuerza, tenía ganas de gritarle, pero hacer un escándalo dando voces en unos cuantos metros cuadrados no era su mejor idea. Esperaría a que la dejara en su casa, y después lo mandaría a todos los sitios que pudiera, todos horribles.

Se mordió los labios y miró por la ventanilla mientras respiraba profundamente.

Pedro controló su respiración, mientras golpeaba el volante con los dedos y miraba de reojo a la rubia que llevaba a su lado, la había notado todo el camino tensa, e iba sentada muy tiesa, tanto que hasta había llegado a pensar que se había convertido en estatua, pero era imposible, sus suspiros lo indicaban, y la subida y bajada de su pecho por su respiración rápida.

Pero el que fuera una estatua o no, no le importaba en absoluto, ya sabía que no era una persona normal, de hecho no debía de tener ni corazón por lo que le había hecho a él, por la mentira que había contado, por haberlo apartado de su preciosa hija durante tres largos años, tres años, en los que mientras ella disfrutaba de su hija, él sufría por recordar algo de su pasado.

Tres años dolorosos y agotadores.

Tres años confusos.

Tres años que no le perdonaría nunca por haberlo abandonado y dejado a su suerte.

Tres años que no olvidaría nunca, y todo por ella.

Miró a la ruta, aferrándose con fuerza al volante, mientras miraba sin ver nada, manteniendo la mínima atención, la necesaria para no acabar estrellándose contra otro vehículo. No le apetecía morir así, antes tenía que vengarse de la mujer que tenía al lado, por varias cosas…

Una de ellas era la que llevaba en la parte de atrás de su coche, esa niña que le había negado durando tanto tiempo, tiempo que pensaba recuperar.

Suspiró controladamente, y evitó echarle un vistazo a la mujer que tenía a su lado, por su mente pasaban varias cosas, pensamientos que lo hacían querer sonreír, más evitaba hacerlo, aún no era el momento, le daría el golpe en el momento, si en un comienzo lo había planeado todo, tendría que cambiar sus planes, algo había cambiado, por lo cual también todo aquello que tenía pensado.

Haría lo que fuera por su hija… lo que hiciera falta.

-¿Dónde vas?  -la voz de Paula lo sobresaltó, borrando la media sonrisa que había aparecido en su rostro.

-Silencio –dijo él, un tono suave pero firme, que le puso a Paula la piel de gallina, más no iba a dejarse controlar.

-¿Silencio? ¿Pero dónde te crees que estás, y quien te crees que soy?

-No me hagas decir lo que pienso de vos…

-Llévame a mi casa, por aca no se va a mi casa.

-No, por aca se va a la mía.

-¿Qué?

-Ya me escuchaste, y ahora hace silencio, vas a despertar a la nena.

La boca de Paula se entreabrió, y se quedó callada, no por la orden de Pepe, si no por lo que acababa de escuchar, esas seis palabras retumbaban en su mente, como si fueran irreales, ni siquiera estaba segura de haber escuchado correctamente…

«Vas a despertar a la nena»

«A la nena»

A la hija de ambos… los ojos de Paula comenzaron a llenarse de lágrimas, y se llevó la mano a los ojos para detenerlas, ¡maldito momento, y maldito fuera todo! Aquel no era ni el lugar ni el momento para derribarse, y él no era lo que pudiera decirse, el mejor público, y mucho menos era una persona en la que pudiera apoyarse.

Así que mordiéndose el labio para evitar que temblara más de la cuenta, sorbió por la nariz, y cerró los ojos, evitando que aquel amargo líquido mojara su rostro.

-Ya llegamos –dijo él al cabo de un rato.

Paula abrió los ojos, y parpadeó varias veces para adaptarse a la claridad del sol, se había pasado lo que le quedaba de camino con los ojos apretados, y aferrándose con fuerza al sillón del coche para no desmayarse.

La puerta del coche estaba abierta, y se bajó para quedar boquiabierta por la hermosura del lugar, y del edificio que era la casa.

Vivía en medio del campo, había césped, hierba rodeando la preciosa casita color blanca, un camino de piedra comenzaba en la puerta y Paula se quedó quieta observando, admirando.

-Vamos –dijo Pedro.

Paula se giró en el momento en el que decía el nombre de su hija. Y vio que Pedro la llevaba en brazos, la pequeña comenzó a removerse en los brazos de su padre, y Paula se apresuró a acercarse a ella, acogiéndola en sus brazos.

-Mami –dijo la pequeña al abrir los ojos- ¿y papi? –fue lo siguiente que preguntó.

La sonrisa que a ella se le había dibujado cuando su hija la había saludado se desvaneció casi por completo, más se esforzó por mantenerla en su boca, su hija no tenía culpa de nada.

-Aca estoy, mi amor.

-¿mi amor? –la pregunta escapó de sus labios, y Pedro la miró enarcando una ceja.

-Si, mi amor, eso dije –le aclaró como a una niña pequeña.

-Suelo, suelo –pidió Sofi, queriendo nerviosamente mirarlo todo. Paula, muy a su pesar, dejó que su hija tocara el suelo, en ese momento deseaba tenerla sujeta y no soltarla nunca.

-La mano, Sofia, dame la mano –dijo Pedro extendiéndole su mano, la cual tomo la pequeña.

-Mami ¿tu mano? –pidió extendiendo su otra manito hacía su madre.

Paula se la agarro, y juntos, como una familia de verdad, algo que ante los ojos de los dos adultos era algo, surrealista y casi imposible, caminaron hasta traspasar la parcela que daba al chalet de Pedro.

Un gritito de alegría escapó de la garganta de la nena en cuanto le soltaron las manos, la de Paula con más esfuerzo que la de su padre, pues había tenido que tirar varias veces, la nena salió corriendo hacía los columpios que vio en un lado, acompañados de un tobogán, y otros juguetes infantiles. Encantada se lanzó por todos ellos, hasta que un ruido de animal sonó, y llamó la atención de la nena.

-¡Un “ony” mamá, un “ony”! –gritó corriendo hacía la valla del establo.

-Se dice Pony –la corrigió su madre.

-Mami, veni, mira, un “ony” un “ony” –insistió la niña.

El estómago de Paula se contrajo al ver a su hija tan feliz y contenta, ¿cómo después iba a llevársela de allí para ir a su casa modesta? No es que viviera en la pobreza, de hecho tenía un buen sueldo, pero a ella nunca le habían gustado las extravagancias, no podía negar que aquel lugar era precioso, es más, era un lugar con el que ella misma había soñado, un lugar en el que le hubiera gustado vivir… con Pedro.

Tuvo que morderse la lengua para no gritar por la frustración ¿por qué le hacía eso? ¿por qué se empeñaba en arruinarle la vida? ¿por qué, por qué, por qué…?

-¿Por qué me haces esto? –preguntó en un hilo de voz.

-¿Qué hice? –contestó él a su vez con otra pregunta.

-¿Qué qué hiciste? –gritó ella, cada vez más enojada- ¿Te parece poco mostrarle a Sofia todo lo que no tiene, para después dejarla sin nada? ¿Te parece bien desilusionar así a una nena de tres años?

-¿Desilusionar, dejarla sin nada? Me parece que tenemos una confusión aca…

-Yo no la veo, todo está muy claro.

-Creo que no, Paula, nada está claro. Yo no voy a dejar a mi hija sin nada… ese pony que está ahí es suyo, al igual que los juguetes.

-¡Pero en mi casa no entran!

-Acá sí.

-Yo no vivo acá.

-A partir de ahora sí, Paula, vas a vivir acá.

-¿Estás loco? ¿Te fumaste algo?

Pedro enarcó una ceja, más sonrió y la miró con esa sonrisa que había controlado en el coche, todos sus dientes quedaron a la vista, blancos y perfectos, y ella se pasó la lengua por los suyos.

-No, nada de eso, de hecho estoy mejor que nunca. Porque voy a tener todo lo que quiero.

-¿Qué decís?

-Claro… siempre hay un fallo en todo plan, y en este, el fallo sos vos, pero bueno, le vamos a encontrar una solución…

-Pedro…

-Ya no te voy a demandar, Paula –el alivio que se apoderó del cuerpo de la chica pasó a la tensión en cuestión de segundos.

-Pero… -dijo ella.

-Pero nada. No te voy a demandar, porque vas a ser mi mujer de nuevo. Sería muy mal visto que demande a mi mujer ¿no te parece?




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Espero que les guste el cap!
Muchisimas gracias por todos sus comentarios y la buenas onda!
Hasta mañana!

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