El
cuerpo de Paula temblaba con tanta violencia que temía partirse, aunque en
parte no le molestaba mucho esa opción, por lo menos así se salvaría de Pedro. Cerró los puños intentando, en vano, controlar el temblor.
Respiro
profundamente, intentando controlarse, por todo lo que la agobiaba, pero no
sirvió.
Miro
a los ojos de Pedro, que la miraban brillantes, fogosos, sonrientes, y ella
alzo la mano, quería borrar aquella maldita sonrisa de su rostro, de sus ojos,
de sus labios, quería que él desapareciera. Se dispuso a abofetearlo, pero él
fue más rápido y la sujetó, aprovechando para tirar de su cuerpo y pegarla
contra si mismo.
-Ni
se te ocurra volver a pegarme.
Él
soltó su muñeca, solo para sujetarla por los brazos, manteniéndola contra su
cuerpo. Disfrutando, sin querer reconocerlo, de su contacto cálido. Ese
contacto que tanto había añorado…
-Eso
no puede ser –dijo ella con voz queda. Él entendió a que se refería.
-Claro
que si.
-No –lo contradijo ella, cabezota. Aquello no podía ser, ella no se había podido pasar tres años… casada sin saberlo- no –repitió.
-No –lo contradijo ella, cabezota. Aquello no podía ser, ella no se había podido pasar tres años… casada sin saberlo- no –repitió.
Pedro
apretó las manos entorno a sus brazos y ella gimió suavemente. Realmente no le
había hecho daño, pero ese contacto… Lo miró a los ojos, y se dio cuenta de que
respiraba apresuradamente, casi jadeante. Respiró profundamente, queriendo
controlar la respiración.
-Miralo
por la parte positiva –susurró él, mirándola a los ojos, y luchando por no
agacharse a probar sus labios.
-No
hay parte positiva –suspiró ella, intentando no mirarlo.
Pedro
aflojó sus manos y la dejó más suelta. Aunque ella no hizo ademán de moverse él
siguió pendiente, no pensaba dejarla escapar.
-Claro
que si… no vamos a tener que casarnos de
inmediato.
-¡No
pensaba casarme con vos! –exclamó ella, indignada.
-Por
supuesto que si ibas a casarte conmigo –la contradijo Pedro, con mucha calma-
en eso habíamos quedado…
-Mucho más –susurró él, y la abrazó, colocó una mano en la parte baja de la espalda de Paula, y la sintió temblar. Sonrió interiormente.
-Pedro…
Respiró
pesadamente, y se removió entre los brazos de Pedro, él se inclinó sobre ella,
y Paula arqueó la espalda para que él no la llegara a alcanzar. Debía
apartarse, ella lo sabía, debía de empujarlo… pero, seguía sin hacer nada,
absolutamente nada, mirar sus ojos era lo único que podía hacer.
Él
se inclinó otro poco, y ella, volvió a echarse hacía atrás.
-Paula… -una suave palabra que la hizo estremecerse. Mientras con una mano sujetaba a Paula por la cintura, con la otra recorrió su espalda de abajo arriba, hasta llegar a su nuca, donde colocó la mano en su cuello, inmovilizándola.
-Paula… -una suave palabra que la hizo estremecerse. Mientras con una mano sujetaba a Paula por la cintura, con la otra recorrió su espalda de abajo arriba, hasta llegar a su nuca, donde colocó la mano en su cuello, inmovilizándola.
Acto
seguido, él se inclinó y tomó su boca con un gruñido. Maldita fuera, que bien
sabía… era su perdición. A pesar de odiarla, a pesar de desearle lo peor, no
podía evitar desearla, siempre quería probar aquellos labios, sin descanso.
Sin
poderlo evitar, con un nudo en el estómago, Paula suspiró e introdujo sus
brazos por debajo de los de Pedro, a quien le acarició la espalda, mientras se
entregaba a aquel suave beso, mientras unía su lengua a la de Pedro. Mientras
le devolvía el beso lentamente, como él se lo daba. Tomar y dar. Dar y tomar.
¿Se
podría vivir así?
Pedro introdujo una mano bajo la camisa holgada de Paula y le acarició la espalda, mientras enredaba la otra entre su cabello suave y sedoso.
Pedro introdujo una mano bajo la camisa holgada de Paula y le acarició la espalda, mientras enredaba la otra entre su cabello suave y sedoso.
-Pedro
–jadeó ella, cuando él bajó sus labios por el mentón de su mujer y lo besó
antes de descender hasta su cuello.
Ella
quiso llorar. Abrió la boca para quejarse, él no debía de estar haciendo eso, y
ella no debía de ser tan débil. Debía detenerlo.
-Pe…
Su
voz se perdió, su intento de hablar fue sustituido por un gemido ronco. ¿Cómo
se las había arreglado para quitarle la camisa sin que se diera cuenta? ¿Cómo
le había desabrochado el corpiño?
Volvió
a quedarse en blanco, todo pensamiento huía, ¿Cómo pensar con Pedro besandola?
La
cargó en sus brazos, para llegar lo antes posible hasta la comodidad del
colchón, necesitaba sentirla, cuerpo contra cuerpo, piel contra piel, su
calidez suave junto a la suya.
Con
un gruñido ronco, volvió a tomar posesión de su boca, esa vez besándola
salvajemente, con rabia. La necesitaba, él lo sabía, y eso le dolía, él no
debía de necesitarla, sus besos deberían de darle asco, en lugar de anhelarlos.
Tendría que mirarla con odio, y sin embargo no lo hacía.
¿Habría
alguna forma de controlar los sentimientos? ¿Se podría controlar de alguna
forma lo que el corazón le dictaba?
Creía
odiarla… creía no necesitarla, y todas sus creencias se fueron abajo al verla
de nuevo. Pero apartaría esos sentimientos de su corazón, tan solo viviría para
su hija. Pero lo haría después, en ese momento, solo tenía en mente… disfrutar.
Cayeron
juntos, enredados sobre el colchón. Él con sus manos maestras la terminó de
desvestir, le quitó todas sus prendas anchas con movimientos rápidos. Y una vez
la tuvo casi desnuda, se apartó para desnudarse. Ella estaba demasiado
temblorosa, demasiado perdida como para reaccionar. Miraba el cuerpo conocido
de aquel hombre desde el colchón, y aun a sabiendas de que debería salir
corriendo, solo esperaba a que él volviera a su lado, para darle aquellas
caricias que tanto quería sentir.
Como
un león, el cayó sobre su presa. Y la presa, abrió los brazos para abrazar a su
cazador. Paula cerró los ojos, cuando la mano dura y fuerte de Pedro, acarició
su vientre, recorriendo con los dedos la pequeña cicatriz de su cesárea. Un
nudo ahogador se alojó en su estómago, y respiró pesadamente. Las lágrimas se
acoplaron en sus ojos, y parpadeó para despejarlas.
Maldito
egoísta… mentiroso; sin poderlo evitar, esas palabras acudieron a su mente, ¿a
quien quería engañar? ¿a sí mismo? ¿Aquello era posible, uno se podía engañar a
sí mismo?
Alzó
la vista, y la clavó en los ojos de Paula, sus ojos enturbiados por la pasión y
las lágrimas, lágrimas amargas que él quería borrar. Le besó los ojos, y
después paseó sus labios por las mejillas de ella, antes de tomar su boca
nuevamente, mientras con sus manos acariciaba cada rincón del cuerpo femenino.
Le
tomó los tobillos con las manos, y los acarició antes de subir a lo largo de
sus piernas, llegando a sus rodillas, y ascendiendo por sus muslos, separó sus
piernas, y se colocó entre ellas, a la vez que continuaba besándola sin
descanso.
Solo
una vez.
Solo
una vez, se repitió Paula, sentirlo una vez más antes de alejarse totalmente de
Pedro.
Cayó
sobre el cuerpo tembloroso de su mujer, y la abrazó como si la vida se le fuera
en ello. Sin embargo, no le gustó para nada esa sensación de necesidad que se
alojaba en él, necesidad de tenerla, de sentirla.
Como
si quemara, se apartó y se echó a un lado. Paula no dijo nada, simplemente se
quedó callada, dejando que sus propias dudas se acumularan en su cabeza. Él se
levantó, y se vistió en silencio, mientras ella permanecía en la cama. En
silencio.
Pedro
entró en el cuarto de baño, y después, de dirigió a la puerta para salir de
allí. Necesitaba estar solo.
-Más
tarde tendremos que hablar.
Paula
suspiró, ¿hablar, de qué?
-No
creo…
-Te
espero en mi despacho antes de la cena.
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