domingo, 19 de mayo de 2013

Capitulo 8


El cuerpo de Paula temblaba con tanta violencia que temía partirse, aunque en parte no le molestaba mucho esa opción, por lo menos así se salvaría de Pedro. Cerró los puños intentando, en vano, controlar el temblor.

Respiro profundamente, intentando controlarse, por todo lo que la agobiaba, pero no sirvió.

Miro a los ojos de Pedro, que la miraban brillantes, fogosos, sonrientes, y ella alzo la mano, quería borrar aquella maldita sonrisa de su rostro, de sus ojos, de sus labios, quería que él desapareciera. Se dispuso a abofetearlo, pero él fue más rápido y la sujetó, aprovechando para tirar de su cuerpo y pegarla contra si mismo.

-Ni se te ocurra volver a pegarme.

-Soltame –siseó ella tirando de su brazo, sin conseguir liberarse.

Él soltó su muñeca, solo para sujetarla por los brazos, manteniéndola contra su cuerpo. Disfrutando, sin querer reconocerlo, de su contacto cálido. Ese contacto que tanto había añorado…

-Eso no puede ser –dijo ella con voz queda. Él entendió a que se refería.

-Claro que si.

-No –lo contradijo ella, cabezota. Aquello no podía ser, ella no se había podido pasar tres años… casada sin saberlo- no –repitió.

Pedro apretó las manos entorno a sus brazos y ella gimió suavemente. Realmente no le había hecho daño, pero ese contacto… Lo miró a los ojos, y se dio cuenta de que respiraba apresuradamente, casi jadeante. Respiró profundamente, queriendo controlar la respiración.

-Miralo por la parte positiva –susurró él, mirándola a los ojos, y luchando por no agacharse a probar sus labios.

-No hay parte positiva –suspiró ella, intentando no mirarlo.

Pedro aflojó sus manos y la dejó más suelta. Aunque ella no hizo ademán de moverse él siguió pendiente, no pensaba dejarla escapar.

-Claro que si… no vamos a tener  que casarnos de inmediato.

-¡No pensaba casarme con vos! –exclamó ella, indignada.

-Por supuesto que si ibas a casarte conmigo –la contradijo Pedro, con mucha calma- en eso habíamos quedado…

-No –Paula cabezota, no pensaba dejarlo vencer- dije que iba a volver a vivir con vos… solo a vivir… nada más.


-Mucho más –susurró él, y la abrazó, colocó una mano en la parte baja de la espalda de Paula, y la sintió temblar. Sonrió interiormente.

-Pedro…

¿Qué? ¿Pedro, qué? Quería pedir que la soltara, quería que la dejara ir, quería huir y no verlo nunca más, gritarle, decirle que lo odiaba, que se alejara de ella… y sin embargo, se quedo en silencio. Mirando aquellos ojos que la atraían como imanes, aquellos ojos que siempre la ahogaban.

Respiró pesadamente, y se removió entre los brazos de Pedro, él se inclinó sobre ella, y Paula arqueó la espalda para que él no la llegara a alcanzar. Debía apartarse, ella lo sabía, debía de empujarlo… pero, seguía sin hacer nada, absolutamente nada, mirar sus ojos era lo único que podía hacer.

Él se inclinó otro poco, y ella, volvió a echarse hacía atrás.

-Paula… -una suave palabra que la hizo estremecerse. Mientras con una mano sujetaba a Paula por la cintura, con la otra recorrió su espalda de abajo arriba, hasta llegar a su nuca, donde colocó la mano en su cuello, inmovilizándola.

Acto seguido, él se inclinó y tomó su boca con un gruñido. Maldita fuera, que bien sabía… era su perdición. A pesar de odiarla, a pesar de desearle lo peor, no podía evitar desearla, siempre quería probar aquellos labios, sin descanso.

Sin poderlo evitar, con un nudo en el estómago, Paula suspiró e introdujo sus brazos por debajo de los de Pedro, a quien le acarició la espalda, mientras se entregaba a aquel suave beso, mientras unía su lengua a la de Pedro. Mientras le devolvía el beso lentamente, como él se lo daba. Tomar y dar. Dar y tomar.

¿Se podría vivir así?

Pedro introdujo una mano bajo la camisa holgada de Paula y le acarició la espalda, mientras enredaba la otra entre su cabello suave y sedoso.

-Pedro –jadeó ella, cuando él bajó sus labios por el mentón de su mujer y lo besó antes de descender hasta su cuello.

-Tan dulce y tan amarga a la vez –canturreó él.

Ella quiso llorar. Abrió la boca para quejarse, él no debía de estar haciendo eso, y ella no debía de ser tan débil. Debía detenerlo.

-Pe…

Su voz se perdió, su intento de hablar fue sustituido por un gemido ronco. ¿Cómo se las había arreglado para quitarle la camisa sin que se diera cuenta? ¿Cómo le había desabrochado el corpiño?

Volvió a quedarse en blanco, todo pensamiento huía, ¿Cómo pensar con Pedro besandola?

La cargó en sus brazos, para llegar lo antes posible hasta la comodidad del colchón, necesitaba sentirla, cuerpo contra cuerpo, piel contra piel, su calidez suave junto a la suya.

Con un gruñido ronco, volvió a tomar posesión de su boca, esa vez besándola salvajemente, con rabia. La necesitaba, él lo sabía, y eso le dolía, él no debía de necesitarla, sus besos deberían de darle asco, en lugar de anhelarlos. Tendría que mirarla con odio, y sin embargo no lo hacía.

¿Habría alguna forma de controlar los sentimientos? ¿Se podría controlar de alguna forma lo que el corazón le dictaba?

Creía odiarla… creía no necesitarla, y todas sus creencias se fueron abajo al verla de nuevo. Pero apartaría esos sentimientos de su corazón, tan solo viviría para su hija. Pero lo haría después, en ese momento, solo tenía en mente… disfrutar.

Cayeron juntos, enredados sobre el colchón. Él con sus manos maestras la terminó de desvestir, le quitó todas sus prendas anchas con movimientos rápidos. Y una vez la tuvo casi desnuda, se apartó para desnudarse. Ella estaba demasiado 
temblorosa, demasiado perdida como para reaccionar. Miraba el cuerpo conocido de aquel hombre desde el colchón, y aun a sabiendas de que debería salir corriendo, solo esperaba a que él volviera a su lado, para darle aquellas caricias que tanto quería sentir.

Como un león, el cayó sobre su presa. Y la presa, abrió los brazos para abrazar a su cazador. Paula cerró los ojos, cuando la mano dura y fuerte de Pedro, acarició su vientre, recorriendo con los dedos la pequeña cicatriz de su cesárea. Un nudo ahogador se alojó en su estómago, y respiró pesadamente. Las lágrimas se acoplaron en sus ojos, y parpadeó para despejarlas.

Todo era tan suave… tan tierno… tan… bonito. Delicadeza… Pedro era pura delicadeza, y no sabía por qué se estaba comportando así, él deseaba poseerla, tomarla e irse, más se comportaba como no quería. No quería dar a entender lo que no era, eso era sexo. Puro sexo, ella como su mujer debía cumplir con él…

Maldito egoísta… mentiroso; sin poderlo evitar, esas palabras acudieron a su mente, ¿a quien quería engañar? ¿a sí mismo? ¿Aquello era posible, uno se podía engañar a sí mismo?

Alzó la vista, y la clavó en los ojos de Paula, sus ojos enturbiados por la pasión y las lágrimas, lágrimas amargas que él quería borrar. Le besó los ojos, y después paseó sus labios por las mejillas de ella, antes de tomar su boca nuevamente, mientras con sus manos acariciaba cada rincón del cuerpo femenino.

Le tomó los tobillos con las manos, y los acarició antes de subir a lo largo de sus piernas, llegando a sus rodillas, y ascendiendo por sus muslos, separó sus piernas, y se colocó entre ellas, a la vez que continuaba besándola sin descanso.

Solo una vez.

Solo una vez, se repitió Paula, sentirlo una vez más antes de alejarse totalmente de Pedro.

Cayó sobre el cuerpo tembloroso de su mujer, y la abrazó como si la vida se le fuera en ello. Sin embargo, no le gustó para nada esa sensación de necesidad que se alojaba en él, necesidad de tenerla, de sentirla.

Como si quemara, se apartó y se echó a un lado. Paula no dijo nada, simplemente se quedó callada, dejando que sus propias dudas se acumularan en su cabeza. Él se levantó, y se vistió en silencio, mientras ella permanecía en la cama. En silencio.
Pedro entró en el cuarto de baño, y después, de dirigió a la puerta para salir de allí. Necesitaba estar solo.

-Más tarde tendremos que hablar.

Paula suspiró, ¿hablar, de qué?

-No creo…

-Te espero en mi despacho antes de la cena.

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