domingo, 19 de mayo de 2013

Capitulo 9


Paula agarro la almohada y la estrelló contra la pared, mientras daba un zapatazo contra el suelo, ¿pero quién se creía que era aquel engreído para darle órdenes? ¿De verdad se creía que ella iba a someterse a su voluntad? ¿Qué iba a hacer lo que él le dijera?

Gruñendo recogió la almohada del suelo y la tiró contra la cama desecha, las sábanas aún estaban revueltas, pero ya estaban frías, congeladas, no había ningún cuerpo sobre ellas que las calentara, solo quedaba el recuerdo… el olor. El aroma de Pepe y el suyo unidos.

¿Qué había hecho? Jamás debería de haberse acostado con él, nunca debería haberse dejado tocar. Y mucho menos podía permitirse el lujo de sentirlo, junto a ella. Cuerpo contra cuerpo. Porque lo único que lograba con eso, era anhelar más…

Sintió las lágrimas arder en sus ojos, y parpadeó queriendo hacerlas desaparecer. Miró el reloj de su mesita de noche y se dio cuenta que en media hora su hija saldría de la guardería. Se tendría que apurar si quería ducharse antes de ir por ella.

Pedro se terminó el café y dejó la tasa sobre la mesa de la cocina haciendo una mueca, estaba demasiado amargo, amargo… como todo en su vida últimamente.
Hasta los besos más dulces, tenían su pizca de amargos. ¿Por qué no podía simplemente sonreír y ser feliz?

Todo era tan complicado.

Aún recordaba la sensación del cuerpo de Paula bajo el suyo, quería olvidarlo. El solo pensamiento, el solo recordarlo, lo hacía querer subir las escaleras, abrazar a su… mujer. Ver sus ojos brillantes, dilatados, oscuros, perdidos por sus caricias.

Maldijo por lo bajo, y metió la taza en el fregadero. Matilda, su empleada, no estaba en casa en ese momento, y él solo se había tenido que hacer su café, no era un inútil en la cocina, pero se podía decir que no era lo que mejor se le daba. A la que si se le daba bien, era a Paula… por eso, en el pasado, le gustaba tanto que ella le cocinara.

Volvió a maldecir, y salió de la cocina. ¡Como lo odiaba todo en ese momento! Lo único que valía la pena era su pequeña hija, ella era su razón de vivir, era lo único que lo podía hacer sonreír sinceramente. Una gran sonrisa se dibujaba en su rostro, ante su simple pensamiento.

Era increíble como esa pequeña se había ganado su amor, en solo unos días.

Lo había reconocido en el hospital… como si se hubiera pasado la vida completa con él. Eso era algo que él no lograba entender. Demasiadas lagunas había en esa historia. Algún día las llenaría todas… algún día.

En esos momentos estaba demasiado enojado como para sacar el tema.

Cruzó el pasillo para ir hacía la puerta principal, mientras miraba el reloj, si salía ya, buscaria a tiempo a su pequeña princesa.

Un taconeo lo hizo mirar hacía las escaleras, como un terremoto Paula bajaba por ellas, con el pelo mojado volando en todas las direcciones, tenía las mejillas coloradas, como las había tenido un rato antes mientras hacían el amor…

Carraspeó y miró hacía otro lado, pero ella estaba demasiado ocupada abrochándose el cinturón del reloj de muñeca. Tan ocupada, que no vio los últimos escalones.

-¡Cuidado! –exclamó Pedro, mientras la sostenía entre sus brazos.

Paula sintió su piel arder, en los lugares por los que Pedro la había sujetado; su cintura y su brazo. Quemaban.

Él era una especie de llama, que la hacía encenderse.

-Yo… iba a…

Paula se calló. Siempre la mirada intensa de Pedro la hacía callar. Miró sus ojos, y a los pocos segundos apartó la mirada.

-Voy a buscar a Sofia.

-Yo también –contestó él.

-No hace falta, voy yo –dijo ella cortante.

-Iremos los dos –determinó él.

Con la boca abierta, Paula se dejaba arrastrar por Pedro hasta el coche. ¿Por qué siempre reaccionaba quedándose sin habla? Comenzaba a hartarse de su propia reacción… Mientras manipulaba su mente, pensando cómo, y qué iba a decirle a Pedro, él la subio en el auto, le abrochó el cinturón al ver que ella no hacía ningún movimiento, se sentó en el lado del conductor, y manejo hacía la escuela.

No sabía por qué había actuado así, realmente, no llevaba mucho con su hija, y seguramente la pequeña estaría más segura si su madre iba a buscarla. Aunque las profesoras de la guardería ya lo conocían, como padre de Sofia, él había ido a informar de que formaba parte en la vida de la nena, vio a las profesoras sonrojarse, y mirar de forma extraña a Paula, que se había sonrojado. Sus mejillas relucían rojas, por la vergüenza, y él se sintió algo avergonzado sabiendo que esas mujeres, habían leído el libro de su mujer, en el que él aparecía muerto… al pensar en eso, de esa forma, toda la vergüenza se había ido, convirtiéndose en satisfacción, un poco de su propia medicina no le vendría mal a Paula.

Quien en ese momento, estaba sentada en el coche, a su lado, con la mirada perdida, los labios apretados al igual que los puños, y el pecho subiéndole pausadamente, a causa de su respiración profunda. 

-Paula…

-¡Olvidame! –contestó ella, y él sonrió, le recordó a los tiempos pasados cuando ambos discutían, ella salía corriendo, y él la perseguía, sin lograr alcanzarla, Paula siempre había sido ágil y rápida, después de encerrarse dando un portazo, Pepe tocaba la puerta, siempre tres veces con los nudillos… «Paula, amor, abri» Sus palabras mágicas… a las que ella respondía siempre con una sola palabra «Olvidame».

Él sonreía, y volvía a llamar… una y otra vez, disculpándose, hasta que ella abría y lo abrazaba…

-No te comportes como una nena, ya sos mayorcita –dijo él, en un susurro, borrando la sonrisa que se le había dibujado.

Paula se giró hacía él, con los ojos chispeantes, brillantes por el enojo que tenía.

-¡Estoy harta de que me digas lo que tengo, o lo que no tengo que hacer! ¡Me considero lo suficientemente adulta como para ser consciente de mis actos! ¡Así que haceme el favor de guardarte tus absurdas órdenes, me tenes harta!

Los murmullos de la gente, junto con la mirada irónica de Pedro, quien había arqueado una ceja, la sacaron de su concentración. Parados en la puerta de la guardería, con todas las madres allí, ella se había puesto a gritar… ¡lo que le faltaba! Mentirosa… manipuladora… y ahora, loca histérica.

La sangre le hirvió, mientras oía a la gente susurrar. La boca de Pedro intentaba ocultar una sonrisa, pero no lo logró.

-¡Estas contento! –exclamó farfullando, salió del auto y cerró de un portazo.

-No soy yo quien se puso a gritar –le dijo él, alcanzándola al salir del coche.

Los murmullos le quemaron los oídos.

-Disculpen –dijo girándose al grupo de madres- si tienen algo que decir, ¿Por qué no me lo dicen en la cara? O al menos esperen a que me vaya, no voy a tardar mucho –añadió irónica- buenas tardes –saludó con una falsa sonrisa y entró en busca de su hija.

Pedro miró a las mujeres, quienes tenían los ojos abiertos como platos al igual que la boca, el estómago encogido a causa de la risa, lo hacía moverse inquieto, no quería estallar a carcajadas delante de las mujeres que habían sido victimas de la furia de Paula, no le parecía algo muy correcto, pero no pudo evitar sonreír, al verlas mirarse las unas a las otras, indignadas.

-¡Que poca vergüenza! –susurró una.

-Buenas tardes –dijo él. La señora lo miró de arriba abajo- si van a seguir criticando a mi mujer, hagan el favor de esperar a que nos hayamos retirado, como dijo ella, no vamos a tardar mucho.

La mujer se sonrojó. Y él sonrió.

De pronto, Paula salió de entre la multitud, miró a las mujeres enojadas, y caminó hacía el coche.

-¡Papi! –la voz de la nena hizo que Pedro acudiera a su rescate, y dejara de mirar a aquellas mujeres calladas.

-Voy, princesa…

Al llegar al auto, Paula ya había acomodado a la pequeña en el asiento infantil, y le había abrochado el cinturon de seguridad, estaba a punto de cerrar la puerta, cuando él la detuvo. Paula, desafiante, lo miró enojada, después se giró hacía su hija, le sonrió, y se subio en el asiento del copiloto.

-¿Mami está enojada? –preguntó la pequeña mirando a su padre.

-Un poco… -contestó Pepe.

-¿Pol que? ¿ malo, papi?

-Un poco… -repitió sonriendo.

-Malo no… que mami se enoja, tenes que ser bueno  -lo regañó con su mirada achicada, y Pedro sintió que necesitaba un pañuelo o comenzaría a derramar baba…

-Seré bueno… -dijo Pedro, sonriéndole. La nena sonrió satisfecha, y tiró de su padre para darle un beso, que él recibió feliz. Y tras devolvérselo, volvió a su asiento, arrancó el coche, y manejo hacía la casa…

Paula sonrió a Sofi, que jugaba con su pequeña zapatilla, la había duchado y estaba terminando de ponerle el pijama… se acercaba la hora de cenar.

Ayudó a la niña a terminar de ponerse las zapatillas rosas, y tomándola de la mano, la dirigió hacía el comedor.

-¡Que bella, mi princesa! –la voz de Pedro las detuvieron al final de las escaleras.

Su niña, tan novelera como siempre, sonrió con timidez, agachando la cabecita, y alzando los ojos para mirar a su padre. Segundos después, cuando él le hizo un gesto, echó a correr hacía él.

Pedro la alzó en sus brazos, y dio vueltas mientras ella gritaba riendo.

-Bueno, ya. Que nos mareamos, y tenemos que cenar –dijo él parándose, y esperando a que se pasara el mareo de tantas vueltas.

La pequeña salió corriendo hacía el comedor en cuanto Pedro la puso en el suelo, se dirigió a su silla nueva, su trono, que la hacía estar a la misma altura que los demás en la mesa del comedor. Paula sonrió al verla agarrar el mando del televisor y poner los dibujitos, sabía que podía verlos un poco antes de cenar…

-Es hora de que hablemos…

Paula se estremeció.

-No creo…

-Paula, no quiero discusiones. Seguime, por favor.

Las palabras mágicas; Por favor. Solo por ellas, iría tras él. Lo siguió hasta que entraron en el conocido despacho de Pedro. Recuerdos inapropiados acudieron a su mente. Sacudió la cabeza, y suspiró intentando pensar bien.

-¿Y bien? –preguntó ella.

Silencio. Más silencio.

Pedro se puso detrás de su escritorio, para protegerse quizás, para no acercarse a ella y besarla como deseaba.

- Estuve evaluando la situación… -Paula se estremeció, ¿Qué iría a decir?- no creo que a la niña le haga bien nuestras continuas discusiones, ni el mal ambiente…

-Yo tampoco lo creo –intervino ella.

-Bien… me alegro.

-No sé por qué…

-Paula, decidi dejar todo lo pasado de lado. Ahora tengo una hija, algo que realmente no esperaba, al leerla en el libro pensé que era otra de tus mentiras. Pero al parecer no, y es mi hija, voy a hacer  cualquier cosa por ella. Incluso… perdonarte. O lo intentaré. Sólo quiero que haya buen ambiente, y por ello voy a dejar mis sentimientos aparte. Sólo que vos tenes que estar de acuerdo…




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Prometido! 2 capitulos!:)
Espero que les guste!!!
Y como siempre, muchas gracias por sus comentarios!:)
Hasta mañana!

1 comentario:

  1. que lindos capítulos!! ya quiero saber que piensa Pau de todo eso..
    Espero el próximo, besos!

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